¿Por qué el 20 de octubre es el Día de la Cultura Cubana?

¿Por qué el 20 de octubre es el Día de la Cultura Cubana?

Icon 20 octubre, 2016
Icon PorWebmaster David
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El 20 de octubre, marca en la historia de Cuba, una de sus Fechas Patria más trascendente, esencia de las raíces cubanas. Ese día, del año 1868, se escribió la letra del Himno Nacional Cubano.

Repicaba la campana del Ingenio “La Demajagua” el día 10 de octubre de 1868 y con ello Carlos Manuel de Céspedes, ante un grupo de patriotas, daba a conocer el “Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba”. Se proclamaba así la libertad e independencia, que buscaba la igualdad de todos los hombres, blancos y negros, cubanos o españoles.

El primer enfrentamiento armado entre el naciente Ejercito Libertador y las fuerzas españolas, tuvo lugar al día siguiente, en el poblado de Yara al grito de ¡Viva Cuba Libre!; pero la superioridad numérica y de fuego de los colonialistas hicieron sufrir a los cubanos la primera derrota. A pesar de lo cual este hecho, que pasó a la historia como el “Grito de Yara”, dio a conocer a Cuba y al resto del mundo que se había iniciado la lucha independentista y no amilanó el espíritu revolucionario de la gesta. En lugar de desistir, otros patriotas se unieron a la causa, crearon el Primer Gobierno de la República en Armas y decidieron agruparse para atacar la ciudad de Bayamo.

El 20 de octubre de 1868, tras la capitulación de las fuerzas españolas en Bayamo ante las tropas mambisas del Ejército Libertador comandadas por Carlos Manuel de Céspedes, el pueblo bayamés, eufórico, pidió al patriota cubano Pedro Figueredo, Perucho, que escribiera la letra del himno compuesto meses antes por él y orquestado por el también cubano Muñoz Cedeño, y que ya todos tarareaban.

Es así, que en medio del alboroto popular por la victoria, sentado en el lomo de su caballo, escribe Perucho la letra de “La Bayamesa” que copiada de mano en mano se cantó por todos los presentes en ese glorioso momento.

Cada verso de “La Bayamesa”, es un llamado a la lucha, un grito de guerra, un canto a la libertad, una evocación del sentir común. Es la determinación del pueblo de empuñar la bandera cubana junto al grito de ¡Viva Cuba Libre! hasta ver la Patria libre o morir por ello.

Al finalizar la guerra hispano-cubana-norteamericana, se instauró “La Bayamesa” como Himno Nacional Cubano, excluyéndose las cuatro últimas estrofas de las seis con que contaba originalmente. En primera instancia para no hacer alusión a otra nación y además porque resultaba muy largo comparado con otros himnos.

¡Al combate corred bayameses,
que la Patria os contempla orgullosa;
no temáis una muerte gloriosa,
que morir por la patria, es vivir!
En cadenas vivir, es vivir
en afrenta y oprobio sumidos.
Del clarín escuchad el sonido,
¡A las armas valientes corred!

El 22 de agosto de 1980, el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros de Cuba, acordó en su Decreto Nº 74 instituir el 20 de octubre como “Día de la Cultura Cubana” por ser el Himno Nacional, “La Bayamesa”, según consta en el Decreto “…canto pleno a la insurrección libertadora y a la abolición de la esclavitud y manifestación artística de ese profundo e irreversible acto configurador de la conciencia cubana, expresión y símbolo más alto y genuino de nuestra cultura nacional”.

Tomado de Tranfusioncultural, escrito por María C. Pérez Machado

En el nacimiento de la cultura cubana se funden tres raíces principales. La primera de estas raíces es la de los pobladores aborígenes, cuyo legado étnico se vio reducido por el impacto que significó el proceso de conquista y colonización. Por esta razón, las dos raíces de mayor significación en el etnos cubano son la española y la africana. La primera, fue el resultado de una migración proveniente de la metrópoli que, con momentos de mayor o menor intensidad, se ha mantenido a lo largo de toda nuestra historia. En los primeros siglos de la conquista predominaron los grupos provenientes del reino de Castilla, sobre todo del sur de España. A ella se sumaron otras muy importantes procedentes de las Islas Canarias, Galicia y Cataluña.

La raíz africana deja una huella muy particular al proceso formativo de la cultura cubana. Procedentes de diferentes etnias (yorubas, mandingas, congos, carabalíes, bantú), como esclavos fueron mezclados en las plantaciones provocando nuevas asociaciones culturales entre las propias comunidades africanas. Desde las propias plantaciones, antes de la abolición de la esclavitud, comienza el proceso de sincretismo entre la cultura de los esclavos y la de los amos, dando lugar a una cultura totalmente nueva y diferente a la de sus raíces originales. En la definición actual de la cultura cubana, estas tres raíces conforman la base de las tradiciones, la cultura y la religiosidad popular.

La música es, sin duda alguna, la que más ha influido en la personalidad del cubano. Se dice que en la isla se habla cantando, se baila al caminar y se enamora con la letra de una canción. Es la música la que ha desarrollado el proceso evolutivo con más rapidez y fortaleza. La Habanera, género musical nacido de la danza criolla y la contradanza, influyó en el surgimiento del tango argentino y otros aires sudamericanos. Investigaciones recientes afirman que en las contradanzas de Manuel Saumell (llamado El nacionalista) se encontraba ya el tiempo de habaneras; en La Tedesco, por ejemplo, la primera parte es prácticamente la forma que tendría después el danzón; incluso la canción y la guajira quedaron esbozadas en muchas de sus composiciones.

El Son y el Bolero llegaron a La Habana desde las provincias orientales, específicamente de Santiago de Cuba. El bolero apareció a principios de este siglo con los grandes compositores Alberto Villalón y Sindo Caray, con gran influencia de Pepe Sánchez (que escribió Tristezas en 1883).

Aunque las principales canciones de la vieja trova eran boleros, se destacaron compositores como Orlando de la Rosa e Isolina Carrillo, quienes dejaran uno de los legados más sublimes de todos los tiempos con el bolero Dos gardenias.

Desde la segunda mitad del siglo XIX se tienen noticias de la existencia del son montuno. El trío Matamoros, comienza su larga e importante carrera en el año 1925 en Santiago de Cuba. El trío deja varias de las canciones clásicas cubanas como: Son de la loma, Mariposita de primavera y Lágrimas negras. Poco después llega la primera época de oro del son, y surgen decenas de sextetos y septetos, algunos de los cuales empiezan a grabar para grandes disqueras norteamericanas. A los primeros exponentes del son le sucedieron Arsenio Rodríguez, Miguelito Cuní, Félix Chapotín y Roberto Faz, mientras Arcano y sus Maravillas, La Sensación, La Aragón y otras orquestas danzoneras y charangueras amenizaban los principales bailables capitalinos de esta primera época que abarca los años 40 y 50. En 1950 Enrique Jorrín da a conocer La engañadora, primer cha cha cha. Pérez Prado realiza en 1952 su primer mambo.

El segundo esplendor del son ocurre en la década del 50 con la aparición de un hombre autodidacta procedente de Cienfuegos, Benny Moré, quien años más tarde se ganaría el título de El bárbaro del ritmo. El compositor y cantante revitaliza la forma tradicional al llevar el son montuno a un concepto de jazz band. Benny Moré es el músico cubano que más ha influido en el proceso evolutivo de la música cubana y caribeña. El triunfo de la Revolución significó un cambio cualitativo superior en la música cubana, al socializar y universalizar el conocimiento con la creación de Escuelas de Arte, Institutos y una política global dirigida a exaltar los principales valores de la cultura nacional.

En 1970 surge la orquesta de música popular bailable Van Van, con una sonoridad muy típica y moderna. Más tarde, el son le brinda su estructura a la salsa, que incorpora además ritmos caribeños y sonoridades de la música proveniente de las comunidades cubanas, dominicanas y puertorriqueñas en Nueva York. La salsa cubana, muy conocida en casi todos los países del mundo, tiene su crecimiento y esplendor a finales de los 80 y principios de los 90 con la madurez de orquestas como Van Van, Adalberto Álvarez, NG La Banda, y el surgimiento de orquestas jóvenes como Paulo FG y su élite, entre otros, que se mantienen con pleno éxito musical hasta nuestros días.

La pintura es la más genuina de las expresiones plásticas del país. Su evolución no pudo seguir un proceso de desarrollo coherente porque sus primeras expresiones, realizadas por los aborígenes en las cavernas, quedaron interrumpidas con la desaparición de estas poblaciones. Con la conquista y evangelización predominó una pintura de corte religioso asociada a la liturgia católica. No será hasta el siglo XIX, con la fundación de la Academia de San Alejandro (1818), que se comienza a gestar en el país una pintura hecha por criollos, orientada a satisfacer el gusto europeo de la burguesía cubana.

La Academia fue creada por la Asociación Económica de Amigos del País, y su primer director fue el pintor de origen francés Jean Bautiste Vermay. Hacia la década del 80 se produce una nueva tendencia de orientación en la pintura cubana, que tuvo como tema principal el paisaje. Las figuras más importantes son Esteban Chartrand y Valentín Sanz Carta. Una pintura de corte costumbrista tendrá sus más interesantes expresiones en la obra del vasco Víctor Patricio de Landaluze. Pero el academicismo seguía reinando en el ambiente plástico.

La reacción vanguardista de los años 20 (siglo XX), inauguró un nuevo momento en la pintura cubana. El movimiento moderno tuvo su primera y más importante exposición en 1927, auspiciada por la Revista de Avance. Iniciadores de la vanguardia cubana fueron Eduardo Abela, Víctor Manuel, Antonio Gattorno y Carlos Enríquez, entre otros.

Los años que siguieron fueron de consolidación del movimiento moderno, lo que se manifestó en la celebración del Primer Salón de Arte Moderno en 1937. Artistas jóvenes entonces indicaban ya un nuevo momento en al arte cubano que se concretaría con la llamada Escuela de La Habana en la década del 40. René Portocarrero, Amelia Pélaez y Mariano Rodríguez forman parte de este movimiento.

En 1942 regresa a Cuba Wifredo Lam, después de una larga estancia en Europa y una experiencia de taller con Pablo Picasso. En 1943 Lam realiza la obra que lo ha inmortalizado: “La jungla”, que fue adquirida por el MOMA de Nueva York.

Con el triunfo de la Revolución, el movimiento plástico se fortalece a partir de la creación en 1962 de la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Talentosos como Raúl Martínez y Antonia Eiriz, integraron el claustro de profesores. Unos años más tarde, en 1976, se funda la Facultad de Artes Plásticas del Instituto Superior de Arte.

Obras de artistas como Roberto Fabelo, Zaida del Río, Tomás Sánchez, Manuel Mendive y Nelson Domínguez, conforman el patrimonio más importante de las últimas décadas. Hay que añadir nombres de artistas jóvenes como José Bedia, Kcho y Flavio Garciandía que han ocupado un lugar privilegiado al frente de los nuevos caminos de la plástica.

La pintura cubana durante los últimos 30 años ha mostrado gran capacidad para asumir las influencias más importantes del arte internacional con sentido propio y creativo, asumiendo al mismo tiempo, una postura crítica en sus temas, para continuar definiendo así los rasgos de la identidad cubana.

Puede decirse que Cuba es una isla que no ha cesado de concebir poetas. La primera obra versificada, Espejo de paciencia, data del año 1608 y se escribió en la villa de Puerto Príncipe por el canario Silvestre de Balboa. En la primera mitad del siglo XVIII, hacia 1733, apareció la primera obra teatral de autor cubano que se tiene noticia: El príncipe jardinero y Fingido Cloridano, del capitán habanero Don Santiago de Pita.

En 1790 con la aparición del Papel Periódico de La Habana, la burguesía criolla logra un espacio importante. Manuel de Zequeiro (1760-1846) y Manuel Justo Ruvalcaba (1769-1805), se consideran los poetas más representativos de este siglo XVIII. En ambos poetas el sentido de lo cubano va emergiendo lentamente con el amor y deleite por las riquezas del suelo, dedicando sus versos a exaltar la pina, el mamey y otras frutas tropicales.

Es en siglo XIX cuando nacen los grandes poetas y comienza a consolidarse así la tradición en la poesía cubana. Versos tan hondos y hermosos como los de Julián del Casal, Plácido, El Cucalambé, Juan Clemente Zenea, Gertrudis Gómez de Avellaneda , Juana Borrero, José Jacinto Milanés, Luisa Pérez de Zambrana, José María Heredia y José Martí, dejan la huella de una lírica exquisita que, aunque romántica, supo en algunos casos, sobrepasar los límites del sentimiento para ofrecer versos de absoluto comprometimiento. José Martí, Héroe Nacional de Cuba, conjugó la maestría de su pluma creadora con la conducción de los cubanos en la guerra de independencia.

En el siglo XIX se escribe la primera gran novela, Cecilia Valdés, por Cirilo Villaverde, que constituye uno de los legados más vitales. Otras novelistas importantes que aparecen son Ramón Meza y Gertrudis Gómez de Avellaneda. La poesía del siglo XX, inquietante por su diversidad de estilos como el siglo mismo, se crece con los nombres de José Zacarías Tallet, Regino Pedroso, Emilio Ballagas, Regino Botti, Nicolás Guillen, Carilda Oliver, Virgilio Pinera, José Lezama Lima, Roberto Fernández Retamar, Nancy Morejón, Antón Arrufat, Elíseo Diego (premio Juan Rulfo al conjunto de su obra), Cintio Vitier, Fina García Marrúz, Mirta Aguirre, Pablo Armando Fernández, Ángel Augier, y Dulce María Loynaz (premio Cervantes de la Academia). La novela tuvo un desarrollo acelerado durante el siglo XX con escritores que empiezan rápidamente a obtener importantes reconocimientos internacionales. Así, la biblioteca de novela de este siglo aumenta su colección con las obras de Miguel de Carrión, José Soler Puig, Dulce María Loynaz, Severo Sarduy, Miguel Barnet, Senel Paz, Pablo Armando Fernández, Luis Rogelio Nogueras, Virgilio Pinera, José Lezama Lima y Alejo Carpentier (premio Cervantes de la Academia).

En la actualidad la narrativa es uno de los géneros que con más seguridad se ha desarrollado en los jóvenes escritores, nombres como Alberto Garrido y Ronaldo Menéndez (ambos premio Casa de las Américas), dan fe de la elocuente vitalidad en la literatura cubana.

Aún cuando la primera cinta filmada en Cuba, Simulacro de un incendio, data de 1897, y que durante el período republicano se rodaron más de ochenta largometrajes de ficción, no es hasta el triunfo de la Revolución que se sientan las bases para una industria cinematográfica que apoya el desarrollo del cine nacional.

La fundación en 1959 del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), significó un cambio fundamental para los creadores de la imagen en movimiento. En 1960 se fundó la revista Cine cubano, auspiciada por el ICAIC, que desarrolló una labor vital en la divulgación de la actividad teórica y creativa. Ese mismo año, Tomás Gutiérrez Alea estrena Historias de la Revolución, primer filme de ficción.

Julio García Espinosa, también en 1960, estrena Cuba Baila. En esta primera etapa, llamada por la crítica “la década de oro del cine cubano”, las películas más importantes que se estrenan son: La muerte de un burócrata (1966) y Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea; Lucía (1968), de Humberto Solas; y La primera carga al machete (1969), de Manuel Octavio Gómez.

La labor excepcional de Santiago Alvarez como documentalista, reveló su peculiar virtuosismo a través de casi cuarenta años de trabajo ininterrumpido, con estrenos tan importantes como Ciclón (1963), Hanoi, martes 13 (1967) y 79 primaveras (1969).

En los años setenta se filman La última cena (1976) y Los sobrevivientes (1978), de Tomás Gutiérrez Alea; Ustedes tienen la palabra (1973), de Manuel Octavio Gómez; El hombre de Maisinicú (1973), de Manuel Pérez; De cierta manera (1974), de Sara Gómez; El Brigadista (1976), de Octavio Cortázar; Retrato de Teresa (1979), de Pastor Vega y Un día de noviembre (1972), de Humberto Solas.

De la década de los 80 son grandes películas como Papeles secundarios (1989) y Clandestinos (1987), de Orlando Rojas; La bella del Alhambra (1989), de Enrique Pineda Barnet; Cecilia (1981) y Un hombre de éxito (1985), de Humberto Solas; Una novia para David (1987), de Fernando Pérez; y Plaff (1989) de Juan Carlos Tabío. Se estrena también, con sonante éxito, el largometaje de dibujos animados Vampiros en La Habana (1985), dirigido por Frank Padrón.

En el panorama de la cinematografía de los noventa, merecen mencionarse películas como Hello, Hemingway (1990), de Fernando Pérez; María Antonia (1990), de Sergio Giral; El siglo de las luces (1992), de Humberto Solas; Adorables mentiras (1991), de Gerardo Chijona, Fresa y chocolate (1993), de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío; La ola(1996) de Enrique Alvárez; Pon tu pensamiento en mi (1993) y Amor vertical (1996), de Arturo Soto.

Fresa y chocolate es la película que más éxito ha tenido en la historia fílmica cubana. Nominada al premio Osear como mejor película extranjera, el film logró que Cuba pudiera penetrar al mercado cinematográfico mundial. La película La vida es silbar, de Fernando Pérez, recibió el Primer Premio del Festival de Cine Latinoamericano de La Habana. Muchas de las películas antes mencionadas obtuvieron, durante las diversas décadas, numerosos premios en festivales nacionales e internacionales.

En los momentos en que el gran almirante genovés Cristóbal Colón avizora “la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto”, la población de Cuba estaba conformada por comunidades indígenas preagroalfareras y agroalfareras. Las primeras desarrollaron una cultura lítica: usando la concha y el caracol crearon varios elementos como cuchillos, vasijas, gubias, collares, incluso la vestimenta se conformó con piezas trabajadas en estos materiales, tanto las prendas de uso práctico como ceremonial. Los agroalfareros trabajaron además la cerámica que, por la gran cantidad de fragmentos y piezas encontradas, puede ser considerado como un oficio significativo en la vida económica y cultural de estos grupos.

También fueron trabajados por ellos la madera y la cestería. La madera se empleo tanto en la construcción de bohíos y caneyes, como en las canoas que usaban en la navegación. La alta capacidad para la talla de la madera se evidencia en los cemíes, los dujos y los tambores llamados atabales o mayohuacán. Mientras que la artesanía tradicional de la mayoría de los países centro y sudamericanos conserva la huella de los primeros habitantes, en el caso de Cuba resulta difícil establecer los posibles nexos entre las piezas que conforman la tradición artesanal vigente y la manufactura indígena. Este legado histórico se conoce por las crónicas dejadas en las etapas de la conquista, y el trabajo de arqueólogos y antropólogos. La cultura africana aportó un sin número de elementos a la artesanía popular. Los trabajos con semillas y en cerámica se consideran los más importantes. Esta fue una artesanía que para conservar sus elementos originales de culto o de utilidad práctica, tuvo que encontrar en el medio tropical y nuevo, una adaptabilidad a los nuevos materiales y texturas que aseguraran la permanencia y continuidad de sus tradiciones.

Hoy en día, la mayor parte de los creadores que asumen la artesanía (bien como una forma de expresión artística, otros con el fin de vender souvenir a los turistas), son estudiantes y egresados de las escuelas de arte, o personas con ciertos conocimientos de diseño o dibujo.

La actividad artesanal contemporánea ha desarrollado diversas piezas de uso práctico, en relación ya con una industria que la provee de materias primas.

Julio César Garrido y Carlos Espinosa, se han destacado con el trabajo en cuero y cedro específicamente para el tabaco. Sus trabajos fueron sometidos a subasta durante el Congreso Habanos en los umbrales del 2000. Digna mención para el artista y ceramista Alfredo Sosabravo quien recibiera en 1998 el Premio Nacional de Artes Plásticas al conjunto de su obra, en la cual la cerámica ocupa un lugar privilegiado.

El ron cubano está elaborado a partir de mieles procedentes de la caña. El proceso de añejo se realiza al natural, en toneles de roble blanco, mientras se refresca el ambiente por la humedad y la calidez del clima de la isla.

El que goza de más prestigio internacional, es el Havana Club, fundado en 1878 y que presenta varias líneas: Silver Dry, Anejo 3 años, Añejo 5 años, Añejo 7 años y Añejo Reserva. El preferido por su calidad es el Añejo 7 años, que se toma a la roca o en strike.

Los cocteles más típicos son el mojito, trago que el escritor norteamericano Ernest Hemingway prefiriera beber en La Bodeguita del Medio y hoy día casi se ha convertido en un mito tomar el trago precisamente allí; el daiquirí que se toma en El Floridita y tanto refresca del calor tropical, el tradicional Cubalibre y el Havana Special.

Para preparar un mojito se mezcla una cucharilla de azúcar, el jugo de medio limón y una ramita de yerbabuena con cubitos de hielo. Se agregan 4cl. de ron blanco Havana Club, se completa con agua de soda y se revuelve.

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